Misiva a la Ciudadanía: el "dilema" de un periodista en el juicio al fiscal general


El jueves 13 de noviembre de 2025 concluye el juicio contra el fiscal general, acusado de un presunto delito de revelación de secretos. Durante el proceso han pasado por la sala distintos periodistas implicados, directa o indirectamente, en el caso.

Entre ellos destacó el testimonio de José Precedo, periodista de elDiario.es, quien planteó ante el tribunal un "dilema moral".  Afirmó conocer la fuente exacta de la información, pero se negó a revelarla amparándose en el código deontológico del periodismo, que reconoce el derecho de proteger la identidad de las fuentes informativas.

La controversia surgió cuando Precedo declaró ante los jueces: “Sé que el fiscal es inocente porque sé la fuente de toda esta historia”. Con esta frase, el periodista insinuó que una eventual condena sería injusta, situando al tribunal en una posición incómoda. El propio presidente de la sala tuvo que intervenir para advertirle: “Una cosa es que no lo diga, pero otra es que nos amenace con que lo sabe”.

El episodio reabre un debate fundamental: ¿hasta qué punto puede un periodista ampararse en el secreto profesional sin cruzar la línea que separa la ética de la interferencia judicial? Proteger a una fuente es un derecho legítimo, pero convertir ese derecho en un instrumento para influir en una decisión judicial puede suponer una distorsión grave del proceso.

El derecho a la reserva informativa no puede emplearse como una prueba ni como argumento de absolución o condena. Las afirmaciones, por muy sinceras que parezcan, solo tienen valor judicial cuando están respaldadas por hechos verificables. En caso contrario, se transforman en gestos simbólicos sin sustento legal ni ético.

En definitiva, el ejercicio del periodismo conlleva la responsabilidad de proteger las fuentes, pero también la obligación de no utilizar esa prerrogativa como arma arrojadiza. Si un periodista dispone de información que demuestra la inocencia de una persona, tiene la obligación moral de presentarla, incluso si eso implica sacrificar su derecho a la reserva. Porque ningún derecho individual —ni siquiera el del secreto profesional— debería prevalecer sobre el derecho colectivo a la justicia y la verdad.


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