La tinta de la información
E l 11 de marzo de 2004 es un día que quedará para siempre en la memoria colectiva. Es necesario que las generaciones venideras sepan qué ocurrió aquel fatídico día en el que 192 personas perdieron la vida y hubo cerca de 2.000 heridos.
Las manipulaciones políticas que se hicieron sobre el atentado aún siguen, a día de hoy, haciéndose desde el ámbito de la izquierda, empeñada en vincular la masacre con la guerra de Irak que apoyó el Gobierno de Aznar.
En la Misiva a la Ciudadanía de esta semana, Víctor Sánchez Molina, dueño de INVICTOR, hace referencia a la escasa argumentación que tiene la defensa de esa infame vinculación de hechos. También señala cómo la prueba falsa que sirvió como eje central de toda la investigación se derrumbaba como un castillo de naipes, a pesar de que hay una persona inocente en la cárcel por esa prueba, simplemente por vender en su locutorio una tarjeta SIM.
Ya sabemos que los ejecutores del atentado fueron distintos de los que sembraron de pruebas falsas el crimen, pues la ejecución fue perfecta y, sin embargo, las pruebas falsas fueron una chapuza que islamizó el atentado. Hasta la justicia tuvo que desestimar una de esas pruebas: el Skoda Fabia, aunque nunca se investigó quiénes colocaron esa prueba.
No queremos terminar este editorial sin acordarnos de la valiente juez Coro Cillán, apartada y desechada de su labor como jurista al intentar reabrir el caso tras admitir una denuncia contra Sánchez Manzano, jefe de la Unidad Central de TEDAX en aquel momento. Hoy en día está incomunicada y en la absoluta pobreza gracias a un Estado represor que acabó con su libertad.
Como decía Gabriel Moris, padre de una de las víctimas mortales que siempre luchó por saber quiénes fueron los terroristas que acabaron con la vida de su hijo: «No olvidar lo inolvidable».

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