EDITORIAL marzo 23, 2026: Los sanguinarios de ETA en libertad mientras sus víctimas siguen siendo ignoradas.


La tinta de la información


     n octubre de 2021, el Gobierno de España, presidido por Pedro Sánchez, transfirió al Ejecutivo vasco la gestión de las prisiones. A partir de ese momento, la situación de numerosos presos de ETA comenzó a cambiar de forma evidente, con un incremento notable de los regímenes de semilibertad. Lo que en su día pudo presentarse como una medida administrativa más ha terminado teniendo consecuencias profundas y difíciles de asumir.


    Los datos son contundentes. De los 133 etarras condenados, el 66 % ya no cumple íntegramente su pena entre rejas, sino que vive fuera de sus celdas, regresando únicamente para dormir. En términos absolutos, hablamos de 87 presos en semilibertad desde que se produjo la cesión de competencias. Una cifra que, más allá de lo estadístico, supone un golpe moral para quienes han sufrido directamente las consecuencias del terrorismo.


    El pasado mes de febrero se conocía, además, una noticia especialmente hiriente: la concesión de este régimen al terrorista Txeroki, condenado en 2018 a más de 400 años de prisión. Entre sus crímenes, el envío de un paquete bomba a la delegada de Antena 3 en el País Vasco en 2002. Un historial marcado por la violencia más cruel, propio de uno de los perfiles más siniestros de la banda.


   No está de más recordar cómo se accede a esta situación: basta con encontrar un empleo o participar en alguna actividad de voluntariado. Así, hay quienes no dudan en ofrecer oportunidades laborales a individuos con las manos manchadas de sangre, facilitando su salida progresiva de prisión. Todo ello apunta a una labor sostenida de blanqueamiento y normalización que ha calado en parte de la sociedad vasca, hasta el punto de diluir principios básicos como la justicia, la memoria o la dignidad.


   Y mientras esto ocurre, los verdugos recuperan su vida poco a poco, mientras las víctimas permanecen en el olvido, muchas de ellas sin que siquiera se haya identificado a quienes acabaron con sus vidas. Más de 379 asesinatos siguen sin resolver. Frente a esta realidad, resulta imposible no plantearse una cuestión esencial: de qué lado se quiere estar. Porque no hay equidistancia posible. O con quienes sembraron el terror, o con quienes lo padecieron.


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