Es preocupante ver cómo la clase política española se ha degenerado intelectualmente. Antaño, para poder acceder a un puesto en el Gobierno, era necesario tener una carrera universitaria y un currículum académico y profesional, so pena de sufrir el repudio de la sociedad y del resto de la clase política; algo que merecía incluso la dimisión o destitución del ministro de turno. Ahora, eso es impensable.
Al contrario, ser un analfabeto parece ser mérito suficiente para acabar en las listas de un partido, principalmente si es de izquierdas.
Con el Gobierno de Pedro Sánchez se han alcanzado cotas inimaginables de indigencia intelectual: el propio Sánchez sería un falso doctor en Economía tras haberle hecho su tesis doctoral unos negros o escribas; de hecho, había incluso párrafos repetidos en la misma hoja.
Pues bien, uno de esos nuevos referentes de la extrema izquierda —que se presenta como el agente unificador de la clase obrera española— es Gabriel Rufián. Todavía recuerdo cuando Esperanza Aguirre le enseñó los números ordinales en una comparecencia en la sede parlamentaria. Cuando la señora Aguirre lo dejó en evidencia, él argumentó: «Es que soy de barrio», como si vivir en un barrio te convirtiera automáticamente en analfabeto.
Pero lo peor no es únicamente el analfabetismo de estos personajes, sino sus ínfulas. Pretenden que quienes tengan que sentir vergüenza sean aquellos que sí están formados intelectualmente, y no ellos, cuya presencia provoca el espanto del diccionario.
En definitiva, la cuestión que queda en el aire es tan sencilla como inquietante: si hemos normalizado la mediocridad, relativizado la formación y convertido el antiintelectualismo en bandera política, ¿qué futuro le espera a una sociedad que delega su dirección en quienes desprecian el rigor y el conocimiento?
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